encuer poalma

espacio  de  salud  y  desarrollo  personal

 

 

 

 

 

QUIÉNES SOMOS  PSICOTERAPIA  |  ARTETERAPIA  TRATAMIENTOS CORPORALES  |  OTRAS ACTIVIDADES |  TEXTOS  |  ENLACES  |  DÓNDE ESTAMOS

 

 

 

PSICOLOGÍA DE EMERGENCIAS

 

 

  

 

 

ÍNDICE
 


1. EVENTOS TRAUMATOGÉNICOS. REACCIONES Y TRASTORNOS PSICOLÓGICOS
1.1 Evento traumatogénico. Definición y tipos.
1.2 Víctimas o supervivientes. Definición y tipos.
1.3 Reacciones durante y después del evento traumatogénico
1.4 Trastornos psicológicos

2. PRIMEROS AUXILIOS PSICOLÓGICOS PARA VÍCTIMAS DIRECTAS
2.1 Asistencia psicológica para víctimas directas
2.2 Control de la hiperventilación
2.3 Lenguaje “cognitivo”
2.4 Escucha activa y empatía
2.5 ¿Quién amortigua lo que ocurre, sobrevive e integra el evento traumatogénico?
2.6 Grupos de riesgo
2.7 Un caso especial: la amenaza de suicidio

3. ASPECTOS PSICOLÓGICOS DEL INTERVINIENTE
3.1 Manejo del estrés del interviniente
3.2 Apoyo psicológico para intervinientes
3.3 Medidas de autoprotección emocional para socorristas psicológicos

4. ANEXOS
4.1 Emociones y su gestión saludable
4.2 Otros conceptos
4.3 Técnicas de relajación
4.4 Bibliografía



 


1. EVENTOS TRAUMATOGÉNICOS. REACCIONES Y TRASTORNOS PSICOLÓGICOS


1.1 Evento traumatogénico. Definición y tipos.

Un evento traumatogénico es un incidente violento, fuera de lo normal, que pone en peligro físico y/o psicológico a uno o varios individuos, vivido con gran impotencia y/o con miedo a morir, y con sensación de caos externo e interno (psicológico).
Puede tratarse de un solo evento, generalmente breve (accidente de coche, violación, agresión puntual, atentado…); o de una serie de situaciones que se repiten durante un período de tiempo más o menos largo y que son esperados por la persona (maltrato continuo, guerra, trabajo del personal de rescate…).

Trauma o el hecho de traumatizarse es un proceso en el cual los factores estresantes son más fuertes que los recursos que la persona posee para manejar o integrar la experiencia, produciéndose un progresivo deterioro de su bienestar.

A diferencia de la denominación “evento traumático”, que sugiere que lo traumático es la situación y que por lo tanto se producirá trauma en toda persona que la experimente, al hablar de “evento traumatogénico” nos referimos a que la situación es susceptible de crear un trauma psicológico, y que por lo tanto lo puede producir en algunas personas, pero en otras no. Ello depende de los siguientes factores:
- La forma de ser y los recursos propios de cada persona: experiencia, capacidad de disociación emocional (ver 4.2.2), capacidad para soportar situaciones difíciles, seguridad y confianza en uno mismo…
- La presencia de una red social que pueda acoger adecuadamente al afectado: familia, amigos, instituciones… Por ejemplo, si a una mujer violada su entorno le culpabiliza y no le acompaña, es mucho más fácil que desarrolle un trastorno que si se le apoya emocionalmente y se le desculpabiliza.
- Factores económicos: tener bastante dinero ayuda, pues puede quitar algunos problemas (por ejemplo, si el afectado tiene que comprar otro coche porque el suyo está desguazado; si su casa ha quedado destrozada por un terremoto; si hay que pagar un tratamiento médico muy caro…).

Ejemplos de eventos traumatogénicos:
- Accidentes de tráfico
- Desastres naturales: inundaciones, huracanes, terremotos…
- Incendios
- Violaciones, secuestros, agresiones…
- Atentados terroristas, guerras…
- Muertes inesperadas de personas queridas
- etc…

 

 



Para intervinientes, además:
- Accidente grave o muerte de compañeros en acto de servicio
- Muerte o lesión de ciudadanos como consecuencia de su actuación
- Cuando hay niños involucrados
- Cuando existe un vínculo familiar o social con las víctimas
- Resultados negativos tras intensos esfuerzos
- Siniestros especialmente complejos, que superan su capacidad de respuesta, o les llevan a un límite físico o mental
- Acumulación de emergencias a lo largo del tiempo
- Otros siniestros en los que, por cualquier causa, se viven con impotencia o con miedo a morir





1.2 Víctimas o supervivientes. Definición y tipos.

1.2.1 Víctimas primarias o directas del siniestro
Las podemos dividir, en cuanto a integridad física, en heridos graves, heridos leves, e ilesos. Los heridos graves suelen tener menos probabilidades de desarrollar el Trastorno por estrés post-traumático (ver 1.4.1) que los leves e ilesos, debido a la mayor insensibilidad o pérdida de consciencia que en muchos casos presentan y por la atención intensiva que reciben tanto en el lugar de la emergencia como en el hospital. Las otras víctimas, que prácticamente no reciben atención, son más susceptibles de desarrollar este trastorno.

1.2.2 Víctimas secundarias o indirectas
Son los integrantes de los equipos de ayuda (sanitarios, bomberos, miembros de las fuerzas de seguridad…), familiares de las víctimas directas, amigos... Familiares y amigos pueden vivir la impotencia y el horror de la situación como si hubieran estado presentes, y a veces mucho más que las propias víctimas directas, pues la fantasía puede ser más terrible que la realidad.

1.2.3 Espectadores
Las personas que han presenciado un siniestro, tanto en el momento en el que ocurre como durante las posteriores labores de ayuda, pueden asimismo resultar afectadas psicológicamente.




 

 

 



1.3 Reacciones durante y después del evento traumatogénico


1.3.1 Reacción aguda de estrés
Es la que se da durante el evento. El estrés o activación que se produce ante un evento traumatogénico es algo normal, saludable y adaptativo, pues prepara a la persona para dos tipos de respuesta, absolutamente lógicas, para enfrentarse al evento: luchar o huir. Esta activación es automática, no depende de la voluntad ni de la conciencia. Lo que sí puede depender de uno mismo, es la decisión de lo que finalmente acaba haciendo con toda esta activación: así, se puede emplear todo este empuje físico y psicológico en la huida; o, quizá viendo que hay otras personas a las que ayudar, decidir luchar.

1.3.1.1 Reacciones físicas de estrés:
- Aumento de fuerza muscular, que hace que se tensen los músculos, que el corazón (que es un músculo) palpite más deprisa, que incluso tiemble el cuerpo debido a la descarga de adrenalina, aumento de la transpiración de la piel, sudar, etc. Otras reacciones que pueden aparecer, relacionadas con este aumento de la tonicidad muscular, son orinar y defecar… y no tienen nada que ver con el miedo, sino con el estrés. A veces, puede darse una especie de congelamiento, una bajada enorme de la tonicidad muscular y una subida máxima de anestesia emocional, que es lo que se denomina comúnmente “hacerse el muerto”. Ello sucede a pesar de ser atacado, a pesar de que con ello no se consiga sobrevivir.
- Disminución de la sensibilidad física, por lo que se siente menos el dolor, hasta el punto de no darse uno cuenta de que está herido. Cuando se pasa este estado de insensibilidad, es cuando duele todo. Tampoco se sienten otras sensaciones físicas como el cansancio, la sed y el hambre. Esto es particularmente importante en el trabajo de bomberos, pues comúnmente uno sólo se da cuenta del cansancio y de la deshidratación al llegar a la extenuación, y al llegar a ese momento se deja de ser eficaz y aumenta la probabilidad de tener un accidente y comprometer la propia seguridad y la del equipo. Para evitarlo, se debe regular el despliegue energético, beber antes de sentir sed…

1.3.1.2 Reacciones psicológicas por estrés:
- La percepción está aumentada y focalizada. La focalización puede ser hacia lo que ocurre en el exterior, o hacia el interior de la persona:
Con la percepción focalizada hacia fuera los equipos de intervención funcionan bien, pues este tipo de atención permite centrarse en la tarea (dónde colocar el vehículo, qué cortar, etc.). Sin embargo, hay que mirar de vez en cuando hacia dentro, para así poder ser conscientes de otras sensaciones que suelen pasar desapercibidas, como la sensación de peligro, de cansancio, de sed…
La percepción básicamente focalizada hacia el interior no es funcional cuando se está interviniendo, pues desconecta de lo que hay que hacer, y dirige la atención hacia sensaciones y emociones internas que no son pertinentes en el momento de la intervención. Sin embargo, puede ser muy útil en personas que se sienten completamente impotentes, como por ejemplo niños abusados sexualmente, víctimas de un accidente que ven que no pueden hacer nada, torturados… pues este tipo de percepción ayuda a sobrevivir a una situación dramática. Es como un irse del cuerpo.
- La sensibilidad emocional está disminuida. Esta anestesia emocional amortigua el impacto de la terrible situación que uno está viviendo. Es un regalo de la madre naturaleza. Es buena tanto para las víctimas directas como para los equipos de intervención. A aquéllas, les aleja del horror que están viviendo; a los intervinientes, les permite poder funcionar de forma eficaz. Luego, cuando ha pasado la situación, vuelve la sensibilidad emocional si el proceso se resuelve con normalidad.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

1.3.2 Reacción post-traumática aguda

Es la que se da después del evento traumatogénico, y es absolutamente normal si no se prolonga más allá de un mes después del mismo.

Tipos de reacciones (se pueden dar todas o sólo algunas, dependiendo de la persona):

Hiperexcitación: Agitación física, impaciencia, irritabilidad, falta de concentración, problemas de sueño (tanto para conciliarlo como para mantenerlo)… El cuerpo se comporta como si el peligro continuara.

Recuerdos intrusivos recurrentes. Pueden ser simples (desprovistos de emoción, sólo son imagen); o flash-backs, en los que prácticamente se revive con toda su intensidad y agitación el evento traumatogénico. También pueden tomar la forma de pesadillas. O juego traumático en niños y adolescentes: jugar con cuchillos, pasión por los juegos o escenas violentas… A diferencia de los recuerdos normales integrados (disponibles a voluntad y con lógica interna), los recuerdos traumáticos son recurrentes en el tiempo y en el contenido, sin lógica interna e incontrolables por la persona.

Evitación. La podemos dividir en:
- Externa: Evitar sitios, situaciones (por ejemplo, no viajar en tren los supervivientes del 11-M), o personas que recuerden al trauma. Este tipo de evitación puede desembocar en fobias.
- Interna, también llamada disociación emocional, que consiste en evitar sentir emociones desagradables. El problema que ocurre es que cuando uno se insensibiliza ante emociones desagradables, como la impotencia, la tristeza, etc., también se insensibiliza ante las emociones agradables, como la alegría, el amor…
La evitación es el mayor peligro para el desarrollo de un trastorno por estrés post-traumático. La solución pasa por enfrentar, de forma progresiva pero cuanto antes, esas emociones, situaciones y lugares temidos.
La evitación también se traduce en huir de pensamientos o conversaciones asociadas al trauma, incapacidad para recordar algún aspecto relevante del trauma, disminución marcada de interés en áreas de la vida, sensación de extrañeza y distanciamiento respecto a los demás, sensación de acortamiento del futuro (porque uno es consciente de que en cualquier momento puede morir)…

Emociones y sensaciones desagradables: tristeza, impotencia, desvalimiento, vulnerabilidad, dolor…; expresión de pensamientos como “no puedo hacer nada”, “esto me supera”, “no puedo con esto”… Otras emociones desagradables que se presentan con frecuencia son la vergüenza, el miedo, la rabia y la culpa. La culpa del superviviente consiste en sentirse culpable por el hecho de haberse salvado, mientras amigos, familiares u otras personas han fallecido.

Pérdidas. En un evento traumatogénico se pierden bienes materiales, funciones físicas (movilidad…), vidas, creencias de la vida (“justicia”,…), seguridades básicas, valores (trabajo-disfrute, etc.)… Todas las pérdidas tienden naturalmente a provocar dolor, y éste tristeza, rabia, etc., que son emociones que forman parte indispensable de todo duelo, de la misma forma que todo duelo es necesario para poder elaborar e integrar estas pérdidas y abrirse a una nueva realidad.

Confusión. Este cuestionamiento de creencias, valores…, mezclas de realidad y fantasía…, etc. produce confusión mental y emocional. Se pueden producir pensamientos del tipo “esto no ha sucedido”, “¿por qué a mí?”, “me estoy volviendo loco”, “nadie puede comprenderme”, “nunca lo superaré”, “todo es culpa mía”, “y ahora, ¿qué?”…

Después del evento traumatogénico, el 80% de las personas tienen solamente reacciones agudas, porque tienen un manejo sano del estrés, y son también capaces de alcanzar el llamado “crecimiento personal post-traumático”, que consiste en un aprendizaje y una mejora personal como consecuencia de la situación crítica vivida.
Hay que tener muy en cuenta que todas estas reacciones son totalmente normales y naturales después de vivir un evento traumatogénico: son reacciones normales ante una situación anormal.
Cuando ya no se consideran normales y adaptativas, hablamos de síntomas o de trastornos psicológicos.



1.4 Trastornos psicológicos

1.4.1 Trastorno por estrés post-traumático (TEPT)
Hablamos de TEPT cuando estas reacciones duran más de un mes. Ello puede suceder debido a la gran magnitud del incidente, si hay un estresor añadido, si le faltan recursos internos y/o externos al superviviente... El TEPT se considera un trastorno psicológico donde se dan unos síntomas que requieren o hacen muy recomendable el tratamiento psicológico. Estos síntomas consisten, básicamente, en una cronificación de las reacciones que se dan en la reacción post-traumática aguda.
Entre un 10 y un 25% (según estadísticas) de las personas que viven un evento traumatogénico acaban desarrollando un TEPT. En personal interviniente, alrededor de un 7%.

1.4.2 TEPT crónico
Hablamos de TEPT crónico cuando los síntomas duran tres meses o más.
La cronificación (perpetuación en el tiempo) del TEPT puede provocar consecuencias en el trabajo y en la familia, como violencia familiar, separaciones y divorcios, depresión, alcoholismo, burn-out (ver 4.2.3), etc.

1.4.3 TEPT de inicio demorado
Se llama así al TEPT en el que los síntomas aparecen como mínimo después de seis meses del evento traumatogénico.

1.4.4 Prevención y tratamiento del TEPT
- Inmediatamente después del evento: acompañamiento hasta que la red social (recursos sanitarios y psicológicos, familia, amigos…) acoja al superviviente.
- Después del cuarto día, debriefing (ver 4.2.4). Dos meses después, sesión de seguimiento.
- Después de los dos meses, psicoterapia individual. Puede ser breve y centrada en los síntomas (insomnio, ansiedad, etc.), para lo cual pueden bastar de 5 a 15 sesiones; o más amplia y profunda, de reestructuración de la personalidad.
- Tratamiento psiquiátrico con psicofármacos. Se recomienda sólo en última instancia, puesto que el fármaco no da sensación de control a la persona, no le ofrece recursos, y puede crear dependencia. Sin embargo, en algunos casos puede ser muy recomendable.
 



2. PRIMEROS AUXILIOS PSICOLÓGICOS PARA VÍCTIMAS DIRECTAS

Aunque lo ideal es que un profesional de la psicología de emergencias se encargue de ello (así como los sanitarios se encargan de los accidentados y los bomberos de eliminar peligros y realizar salvamentos), la realidad es que los bomberos suelen ser los primeros en llegar, junto con policía y sanitarios, y, de momento, salvo algunas excepciones, ninguno de estos cuerpos está preparado para realizar adecuadamente los primeros auxilios psicológicos. Sin embargo, no hace falta ser psicólogo para realizarlos, y además, con muy poco se puede hacer mucho.

 

 

 

 

 

 



2.1 Asistencia psicológica para víctimas directas

Por norma general, se actuará de la siguiente forma:
Presentaciones y otras comunicaciones: El bombero se presenta, y después pregunta el nombre al superviviente. La forma de hablar es calmada, pero firme, y las instrucciones cortas y claras. El bombero tiene que transmitir tranquilidad y seguridad. Para ello, es imprescindible saber contenerse uno mismo.
Lugar seguro: Se aleja al superviviente de la escena, procurándole un espacio libre de peligros físicos y protegiéndole del impacto emocional al que puede continuar expuesto. Si es posible, hacer que se siente, sentándose el bombero a su lado. Proteger de cámaras y curiosos, para salvaguardar también su intimidad y su dignidad.

Contacto físico: Tocar a la víctima en el hombro, la espalda, el brazo, el antebrazo o las manos; no como consuelo, sino resaltando nuestra presencia. El toque debe ser firme, no fuerte. El tocar, en una emergencia, es muy importante, es un estímulo que contiene mucho emocionalmente. Sin embargo, hay que evitar tocar la cara, acariciar o frotar con la mano… pues puede provocar confusión, distrae de un proceso interno, o puede ser vivido como una invasión.
Pedir la mirada, diciendo “mírame” cada vez que la aparte.
Si procede, enseñar al superviviente un método de respiración para ayudarle a que recupere el control (ver punto 2.2).

A la hora de transmitir, siempre decir la verdad, nunca mentir ni dar falsas esperanzas. Lo que sí se puede hacer es no contar toda la verdad, o suavizarla.
Ejemplos de frases o comentarios que pueden resultar adecuados:
- “En esta situación, es absolutamente normal lo que te está pasando, lo que estás sintiendo”
- “Estamos haciendo todo lo posible”
- “Es verdad que tu amigo ha muerto, pero ahora serías de gran utilidad si pudieras tranquilizar a tus compañeros”
- “Siento lo que te está pasando”
- “Estamos aquí para apoyarte”…
- “Confía en nosotros: somos profesionales, sabemos lo que estamos haciendo”
- …

Intentar no utilizar algunas expresiones que, aunque bienintencionadas, pueden irritar o aumentar el dolor del superviviente, como por ejemplo:
- “si hubieses llevado el cinturón”, “si no hubieses corrido tanto”... (culpabilizan)
- minimizar la situación, diciendo “no te preocupes”, “luego estarás mejor”…
- palabras que magnifican la situación, como “catástrofe”, “terrible”… sino otras palabras que ofrecen una salida, como “crisis”, “difícil”…
- frases o refranes vacíos para intentar animar: “eres afortunado de estar vivo”, “todo lo que se arregla con dinero no es tan terrible”, “no hay mal que cien años dure”, “sé cómo te sientes”…

Otros recursos pueden ser:
- Uso de la distracción: llevarle a que piense en otra cosa, que fije su foco hacia otro lugar; o encomendarle una tarea para que esté ocupado y tenga la sensación que es de utilidad.
- Informarle de trámites que pueden serle de utilidad, como por ejemplo que se ponga en contacto con su aseguradora para que gestione daños y reclamaciones; decirle a qué hospital van los heridos; etc.
- Recurrir a personas de confianza de la víctima para que se ocupen de él. Por ejemplo, sugiriendo que llame a algún familiar o amigo.

Por último, es muy importante que la red social del superviviente le acoja, le dé apoyo, facilitándole la integración de lo sucedido.

Por otra parte, no tenemos que minusvalorar a los supervivientes. Las personas, aún en estos casos, tienen muchos recursos, y debemos confiar en ellas, en su capacidad para recuperar la sensación de control y conseguir integrar el evento traumatogénico.
Por ello, no es recomendable dar fármacos para tranquilizarles o facilitarles la situación (o facilitársela al personal interviniente, por ejemplo cuando los gritos de un herido dificultan la intervención), pues es tratarles como enfermos, les proporciona una sensación de indefensión, y posteriormente es más difícil que integren lo que les ha pasado. Cuando se medica a la persona se le causa una especie de amnesia emocional. Por ejemplo, al evitar artificialmente la tristeza, no se puede hacer un buen duelo: la procesión va por dentro, y se sigue enganchado a la persona que se ha perdido… Un duelo es, al fin y al cabo, una expresión de sentimientos, una despedida, y un quedarse “limpio” para seguir viviendo.



 

Resumiendo…
Cuando alguien está “hacia fuera”, contener: con la mirada, hablándole calmada pero firmemente, tocando, sacarle de la hiperventilación si se da el caso, sujetarle para que no se ponga en peligro, uso adecuado del lenguaje…
Y cuando alguien está “hacia dentro”, en sí mismo, con la mirada hacia el interior, como dando vueltas, aparentemente tranquilo… simplemente acompañar, estar con él, no sacarle o sacarle muy poco de donde está, pues ahí está bien. Podemos ofrecerle agua, preguntarle cosas triviales (dónde trabaja, cuántos años tiene…), mirarle a los ojos, tocarle… y vigilar que no se ponga en peligro, por ejemplo, cruzando la carretera sin mirar.


2.2 Control de la hiperventilación

La hiperventilación es una respiración rápida y profunda, generalmente causada por estrés, ansiedad o pánico. La excesiva oxigenación lleva a que se presenten bajos niveles de CO2 en la sangre, lo que produce una serie de sensaciones muy desagradables y atemorizantes (sobre todo si no se conocen), pero no suele resultar peligroso.
Estas sensaciones son las siguientes: sensación de falta de aire, de ahogo; embotamiento mental, dificultad para pensar de forma lógica; hormigueos y calambres; mareos; sensaciones de frío o calor; piernas débiles; dificultades de visión; palpitaciones; temblores…

Cuando alguien tiene síntomas de hiperventilación, y no van remitiendo con el toque, la mirada y el habla (suele ser suficiente), puede ser necesario proporcionarle la manera para que reduzca la toma excesiva de oxígeno. Dos métodos de conseguirlo, menos invasivos y aparatosos que el comúnmente conocido de respirar el aire de una bolsa, son los siguientes:

Método 1:
Decirle que cierre o se tape la boca y que se tape un agujero de la nariz, respirando sólo por el otro. Así se reduce la toma de oxígeno, restableciéndose paulatinamente el equilibrio en el organismo entre O2 y CO2.

Método 2:
- Decirle “stop” antes de que llene los pulmones, antes de llegar al máximo. Como la persona está muy alterada y es fácil que no comprenda las instrucciones, incluso una orden tan simple, puede ser conveniente oprimir con nuestra mano su pecho para dificultar su inspiración. Sobre todo cuando se trate de una mujer (al tocarle en esa zona puede sentir invadida su intimidad), agarrar su mano y colocarla en su pecho, y poner nuestra mano encima.
- Que espire lentamente por la boca, como si lo hiciera a través de una pajilla, apretando los labios, y haciendo ruido. Continuamos con el “stop”. Reforzamos cuando lo hace bien (a lo largo de todo el proceso: “muy bien, así”). Podemos continuar haciendo presión con nuestra mano en el pecho, para forzar la salida de todo el aire.
- Contar de 5 a 1 en la espiración: contamos nosotros de 5 a 1, adecuando nuestro ritmo a su espiración. Poco a poco vamos contando más lento.
- Contar de 1 a 5 en la inspiración: Pedirle que inspire como si tuviera una pajilla, haciendo ruido. Contamos de 1 a 5, hasta conseguir que la inspiración dure también 5 segundos (cada inspiración comienza cuando la persona lo necesita).
- Continuar con la respiración, de la siguiente manera: Inspirar (1-2-3-4-5) - Pausa - Espirar (5-4-3-2-1), hasta que comprobamos que la persona está menos agitada.


2.3 Lenguaje “cognitivo”

Lenguaje “cognitivo” es aquél que no invoca la emoción, y que además produce el efecto de que la víctima se aleje de ella, de forma que consolida o recupera la sensación de control. Se habla de hechos, de lo que ha sucedido, de lo que la persona ha hecho, visto o escuchado. Para ello, se emplean las preguntas típicas de un interrogatorio policíaco: “¿Quién…?” “¿Cuándo…?” “¿Dónde…?” “¿Qué…?”
Nunca preguntar “¿cómo lo has vivido?”, “¿cómo te sientes?” y otras preguntas que movilicen la emoción.
Cuando vemos que el superviviente se para, se bloquea, se deja llevar por la emoción, incitarle a seguir con un discurso lógico con las siguientes preguntas: “¿Y después?”, “¿y luego?”.
El objetivo que perseguimos es que a la víctima no le domine la emoción y sea capaz de hacer un relato lógico y ordenado de lo que le ha sucedido. Un relato claro da control a nivel emocional y facilita el recuerdo integrado, ausente de escenas traumáticas inconexas, que dan lugar a confusión y sensación de falta de control.
Además de preguntar, podemos informar de lo que sucede, de cuáles serán los próximos pasos, sobre qué es lo que necesita, de adónde debe dirigirse para tal o cual cosa, etc. Y también, decirles que todo lo que están sintiendo es completamente normal y natural.

En las ocasiones en las que la emoción no se vive de forma muy descontrolada, puede estar bien acompañar a la persona, escuchándola y favoreciendo la expresión de ese dolor. Para ello es necesario poder conectar empáticamente con ella.


2.4 Escucha activa y empatía

La escucha activa es la demostración (lo nota el otro) con el comportamiento (no verbal) de estar escuchando al interlocutor. La escucha activa favorece las relaciones de respeto y confianza.
Empatía: capacidad de contacto emocional con nuestro interlocutor. Es ponernos en su lugar, sentir lo que siente el otro (aunque en menor escala). La empatía crea un clima relajado y distendido, favorece la sensación de comprensión y posibilita hablar de temas “delicados”.
La diferencia entre ambas es la implicación emocional, ausente en la escucha activa y presente en la empatía, y por lo tanto la profundidad en la comprensión del otro.

¿Cómo ejercitarlas?
- Escuchamos lo que dice y observamos al interlocutor, su mirada, su expresión y demás comportamiento no verbal (postura, tono muscular…).
- Detectar los momentos en los que espera que hablemos. Fundamental no interrumpir hasta que acabe (excepto en aquellos casos en que no es capaz de parar).
- Mantener el contacto visual, nuestra expresión de atención, movimientos afirmativos de cabeza, etc.
- Parafrasear (repetir lo que ha dicho con otras palabras) o utilizar expresiones de resumen. También reflejar el lenguaje corporal del interlocutor.



2.5 ¿Quién amortigua lo que ocurre, sobrevive e integra el evento traumatogénico?

Aquellas personas que son capaces de:

Durante el evento traumatogénico, mantener la sensación de control de la situación, a pesar de lo que está ocurriendo. Ello se consigue cuando uno tiene la sensación de que mantiene el poder de decidir, por muy difícil o imposible que parezca.
Un ejemplo muy extremo y real ocurrió en los campos de exterminio nazi, donde en principio no parece que puedan darse las circunstancias para tener esa sensación de control de la situación. Pero cabían varias decisiones:
- Negarse a obedecer, oponerse hasta la segura muerte.
- Agredir al nazi, que sería como “morir matando”.
- Obedecer solícitamente, humillándose totalmente esperando sobrevivir.
- Acusar a otros compañeros suyos y ponerse de parte de los verdugos, salvando la vida a costa de la de los demás.
- Obedecer, pero sólo después de contar internamente hasta tres (uno decide cuándo obedecer, obteniendo cierta sensación de control).
- etc.

Esto tiene que ver con darse cuenta de que, a pesar de la situación tan extrema, la decisión última depende de uno mismo: uno no puede elegir una determinada circunstancia, pero sí la manera en que se enfrenta a ella, la manera cómo decide vivirla.
Esa sensación de control requiere lucidez mental y libertad de decidir, y para ello hace falta que la emoción no nos arrastre.

Después del evento, ser capaz de comprender lo que está ocurriendo. Esto supone entender por qué sucedió la situación traumatogénica, saber lo que suele pasar en estos casos, por qué aparecen las reacciones post-traumáticas, etc. Esta comprensión se facilita dando información clara, verdadera y positiva (por ejemplo, no hablar de situación “terrible”, sino de situación “difícil”) a los supervivientes de lo que sucede cuando las personas viven una situación como ésa.
También, ser capaz de dar un sentido a lo que ha ocurrido, e integrarlo, de forma que se produce un enriquecimiento personal (crecimiento personal post-traumático). Por ejemplo, el mantenerse vivo en el campo de concentración nazi, a pesar de saber que todos los seres queridos han muerto, el haber sido capaz de soportar todo ese sufrimiento, puede desembocar en una fortaleza interior desconocida hasta entonces, encontrar el límite de lo humano (tanto en su parte positiva como negativa), la decisión de reordenar el sistema de valores anterior a ese suceso (por ejemplo, dedicando su vida a aliviar el sufrimiento de las personas más indefensas), decidiendo vivir una vida más plena, etc.

Darse cuenta de que uno es válido, que está o puede estar bien a pesar de lo que le ha pasado; de que puede disfrutar aunque haya sufrimiento. Al vivir una vulnerabilidad extrema, uno puede aprender a tener relaciones más íntimas con sus seres queridos (desde la fuerza y el poder solamente no se puede tener la sensación de intimidad, de afecto, de fusión con las personas: uno ha de ser capaz de sentirse vulnerable, dejarse cuidar, abandonarse…); de que puede aprender de lo sucedido y hacerlo mejor la próxima vez; de que hay cosas que no tienen explicación, o de que yo no las puedo entender (y no pasa nada, es normal); sentimiento de agradecimiento hacia la vida, por permitirme seguir aquí; etc.

Se llama resiliencia a esta capacidad de integrar de forma positiva la situación crítica.



2.6 Grupos de riesgo

Hay personas que, debido a su especial vulnerabilidad o por tener menos recursos personales para afrontar de forma eficaz una situación de crisis, es más probable que no integren lo sucedido y acaben desarrollando TEPT o alguna otra patología. Entre este tipo de personas pueden encontrarse las siguientes:

2.6.1 Niños
No tienen desarrollados todavía recursos que les facilitarían la integración saludable de la situación traumatogénica, así que debemos estar más pendientes de ellos. Estar con ellos, simplemente haciéndoles compañía, puede ser más que suficiente.

2.6.2 Ancianos
Suelen padecer algún tipo de enlentecimiento en sus funciones físicas y mentales, así como también falta de adaptabilidad a situaciones nuevas, con lo que puede ser una buena indicación comprender su situación y tener paciencia con ellos. También es importante que no les dejemos solos.

2.6.3 Personas con trastornos de personalidad o síndromes psiquiátricos
Son personas habitualmente más vulnerables a la situación traumática, y pueden comportarse de forma exagerada o extraña. Posiblemente sufrirán un agravamiento de su patología y tienen más probabilidades que la media de desarrollar TEPT. Es importante conocer qué tipo de trastorno o comportamiento manifiestan, para actuar en consecuencia (por ejemplo, si es agresivo, actuar coordinadamente con la policía o tomar las precauciones necesarias). Puede ser de gran ayuda la presencia de algún profesional de la salud mental para que se haga cargo de la situación o para que oriente a los intervinientes.

2.6.4 Personas con discapacidad
Actuaremos con ellas de forma diferente según sea su discapacidad, pero lo que siempre intentaremos es prestarles más atención, en un intento de compensar su especial vulnerabilidad. Por ejemplo, si están incapacitados físicamente, les proporcionaremos la movilidad que necesitan (sacándoles de la zona de peligro, etc.); o si tienen alguna discapacidad mental o sensorial, acompañarles y transmitirles, predominantemente de forma no verbal, tranquilidad, confianza y seguridad.

2.6.5 Extranjeros e inmigrantes
Nos podemos encontrar con las siguientes peculiaridades:
- No hablan nuestro idioma, y no conocemos un idioma con el que entendernos.
- Costumbres y reacciones diferentes debido a su cultura o religión particulares.
- Red social escasa o inexistente o poco accesible.
- Quizá situación administrativa irregular, por lo que quizá rechacen nuestra ayuda por miedo a ser denunciados.
Estar receptivos a estos aspectos y emplear básicamente lenguaje no verbal si no hay un lenguaje común.

 


2.7 Un caso especial: la amenaza de suicidio

 

2.7.1 Causas

Pueden ser varias las causas del intento de suicidio, y pueden coincidir en una misma persona varias de ellas: trastornos mentales (depresión, angustia,…), abuso de sustancias, aislamiento social, malos tratos físicos y/o psíquicos, muerte de seres queridos, rupturas de pareja, dolores insoportables, discapacidades físicas o psíquicas, momento vital especialmente doloroso…
Detrás de un intento de suicidio hay dolor físico y/o psíquico, y la muerte se contempla como la única salida a ese sufrimiento. Hay que tener en cuenta también que es un acto muy agresivo, y no sólo hacia uno mismo: en la mayoría de los casos hay un querer vengarse de personas a las que golpear con la culpa de la propia muerte (pareja, padres…); otras veces es un rechazo al mundo entero, a la humanidad, a la vida.
Una amenaza de suicidio puede ser también una llamada de atención, un acto manipulativo, sin existir un interés real en quitarse la vida. En este caso, aunque realmente no haya voluntad de morir, también existe peligro (incluso el que no quiere morir puede resbalarse y caerse). Además, nunca se puede saber a ciencia cierta si la persona que tenemos delante está en un grupo u otro. Por lo tanto, la forma de actuar no variará en ninguno de los dos casos.



2.7.2 Consideraciones importantes a tener en cuenta

Es importante saber que en todo suicida potencial hay al menos una pequeña parte que quiere vivir (la que ha hecho que todavía no se tire; o el propio cuerpo, que sigue respirando) y a esa esperanza nos tenemos que agarrar. El suicida potencial es como si estuviera caído en un pozo negro y profundo: desde ahí es difícil ver con claridad, contemplar posibilidades, tener ilusión.
Cuando se está en situación de poder hablar con él, es importante ponerse en su lugar, escucharle y empatizar con él: sólo así él se sentirá escuchado y podrá abrirse una puerta a la esperanza. Un suicida quiere que le escuchen (sin que opinen, ni le aconsejen, ni le juzguen), que le den confianza, que le tomen en serio. Evidentemente, es importante que el que hable con él sea alguien que no sienta menosprecio o rechazo por la persona o su actitud (por considerarle cobarde, o cualquier otra razón). Eso se nota a nivel no verbal, y puede cortarse la comunicación con el sujeto.
Si nos ponemos a discutir sobre lo irracional de su acción, la persona se sentirá incomprendida, aumentará su sufrimiento, y por lo tanto la posibilidad de que acabe consumando el suicidio.
Provocarle no es una buena idea, pues podemos añadir razones a la balanza para que acabe suicidándose. Hay que tener en cuenta que provocándole podemos tocar un “resorte emocional”.
No prometer algo que no podemos cumplir: lo notará y se puede sentir engañado.
Puede ser adecuado buscar aquello que pueda retenerle, como los hijos u otras personas a las que quiera, ofrecer alguna posibilidad que quizá no ha contemplado…
Hay que tener muy en cuenta de que lo único que se puede hacer ante un suicida potencial es “intentar ayudarle”, no “ayudarle”, y que por lo tanto no se tiene ni el poder de “salvarle” ni la responsabilidad de su muerte. La decisión, aunque no sea ni lúcida (porque pueda haber otras opciones no contempladas) ni libre (por tener una psicopatología o estar bajo el efecto de sustancias), siempre es del suicida. A no ser, claro está, que le “empujemos”, física o psicológicamente.


2.7.3 Actuación ante un intento de suicidio

No hay un protocolo rígido ante estos casos. Cada caso es diferente; hay que valorar la particularidad de cada situación.
Como norma general, sería adecuado tener en cuenta lo siguiente:
- Realizar una buena recogida de datos, entre ellos el posible motivo del intento de suicidio, para orientar al interviniente respecto a la posible dirección del diálogo.
- Llegar al lugar sin rotativos luminosos ni sirena, para no añadir más intensidad emocional a la situación y precipitar los acontecimientos. También, apagar la emisora y el móvil.
- Hemos de tener en cuenta la posibilidad de que también pueda hacer daño a los transeúntes si opta por tirarse desde una altura, y por ello debemos tener muy presente la señalización y/o vallado de la zona.
- Colocación del colchón de seguridad a valorar, según el caso.
- Cuando hay una persona que el suicida considera la causante de su situación, puede ser recomendable evitar que hable con él y alejarla de la escena.
- Contactar con el psicólogo o psiquiatra que le tiene a su cargo, si procede. O también con alguien con el que el suicida tenga confianza (vecino, amigo, familiar…). Ellos pueden ser los mejores interlocutores.
- Evitar, como norma general, las aproximaciones violentas. Pedir permiso para el acercamiento.
- Intentar hablar con el suicida en otro lugar más seguro para los dos (suicida y bombero); pactar otro lugar con él. Es importante no descuidar la seguridad del interviniente, pues el suicida puede arrastrarle en su caída.

Finalmente, tener muy presente que, en algunos casos, la mejor intervención puede ser no intervenir, o la intervención mínima imprescindible (por ejemplo, vallar la zona), puesto que todo movimiento puede ser contemplado por el potencial suicida como una invasión, una violación de su intimidad. Hay que tener en cuenta también que la presencia de bomberos, policía, sanitarios, curiosos, incluso medios de comunicación, que coinciden a veces en estas situaciones, puede complicar la situación del suicida, añadiendo a su sufrimiento profundos sentimientos de vergüenza y culpa que le proporcionen nuevos argumentos para consumar el suicidio.
 



3. ASPECTOS PSICOLÓGICOS DEL INTERVINIENTE


3.1 Manejo del estrés del interviniente


3.1.1 Antes de la intervención

Mantenerse en un estado físico y psicológico adecuados es fundamental no sólo para la eficacia de la intervención, sino también para prevenir la posibilidad de TEPT en el interviniente. Para ello, es importante:

- Conocer y dominar los materiales, recursos, protocolos… que es necesario manejar en el trabajo de bombero. Con ello se adquiere seguridad y confianza en uno mismo, lo que redunda en una intervención más eficaz. A la vez, la destreza del compañero da seguridad al resto del equipo. Ello se consigue haciendo simulacros, poseer un buen conocimiento del material con el que se trabaja, reuniones post-intervención de evaluación y propuesta de mejoras, etc.
- Conocer las limitaciones físicas y psicológicas propias, de modo que cada uno sepa dónde puede llegar.
- Conocer alguna técnica de relajación o de control de la ansiedad, saber cómo focalizar la atención…
- Saber qué es lo que pasa en situaciones traumatogénicas y la normalidad de las reacciones que ocurren, tanto en la víctima como en el interviniente.
- Buen ambiente laboral: motivación, apoyo de los compañeros, reconocimiento a la labor bien hecha…
- Estar bien hidratados, no estar con hambre ni con otras sensaciones fisiológicas desagradables, como sueño, cansancio…
- Hacer deporte regularmente.
- Hacer habitualmente actividades recompensantes, divertidas o relajantes: cine, masaje, cuidar el jardín, salir con amigos, viajes, lecturas enriquecedoras, cuidarse a nivel físico y psicológico, contacto con la naturaleza, jugar con niños, contribuir a causas humanitarias, pasear, etc.







 

 

 



3.1.2 Durante la intervención

- Recoger el máximo de información posible, de forma que la emergencia se convierta de inesperada o inquietante, a más concreta y manejable. Por ejemplo, no es lo mismo acudir a un siniestro sabiendo que “hay fuego en una vivienda”, que acudir con la siguiente información: “sale humo por la ventana (que se encuentra abierta y tiene buen acceso con la auto-escala) de un 2º piso, y sabemos que no hay nadie en la vivienda”.
- Focalizar la atención en la intervención, repasando el papel que debemos desempeñar en ella, las acciones concretas que tenemos que hacer, verificar el equipo y el del compañero…
- Cuando se está muy nervioso, quizá es porque uno se carga con excesiva responsabilidad: hay que tener en cuenta que se forma parte de un equipo, donde uno puede cubrir a otro si por cualquier causa no saca adelante su tarea, y donde existe el apoyo mutuo.
- Regulación del esfuerzo cuando sabemos que la intervención llevará bastante tiempo. El mando de la intervención debe estar pendiente de su equipo, relevando a los que estén más cansados, cambiándoles de tarea y de lugar de intervención… El máximo tiempo teórico de trabajo por persona en una emergencia son 8 horas, y si se trabaja con mucha tensión emocional o esfuerzo físico, ese tiempo puede quedar reducido a incluso unos pocos minutos. Si la intervención ha sido muy intensa, es recomendable descansar al menos doce horas para poder volver a intervenir. Si no se respetan estos tiempos, puede producirse desbordamiento físico y emocional, y por lo tanto ineficacia en la intervención, poner en peligro la propia integridad física y la del equipo, desarrollo de TEPT…
- Aplicar técnicas de control de la activación.
- Hidratarse, comer, descansar.


 

 

 

 

 

3.1.3 Después de la intervención

- Recuperar la situación de espera: ducharse, beber y comer, descansar…
- Hablar con los compañeros: descripción de la intervención; expresión de pensamientos, sensaciones y emociones...
- Después de cada intervención compleja o de especial importancia, análisis de lo que se hizo y de lo que se hubiese podido hacer, y planteamiento de mejoras en su caso; reconocer el valor del trabajo realizado por el equipo, elogiar actuaciones bien hechas… Evitar acusaciones directas o descalificaciones personales: por ello es importante dejar pasar unos días para que se calmen los ánimos.
- Desconectar: divertirse, hacer deporte, etc.
- Expresión de lo ocurrido a personas (familia, amigos…) que quieran, puedan, y sepan escuchar. También puede ser muy positivo que, sin contar el incidente, se les informe de que es posible que en los próximos días se esté más irritable, o triste, o confuso, para que sepan al menos qué es lo que pasa y por qué. Así, el interviniente, en lugar de incomprensión o enfado, podrá encontrar aceptación y apoyo.
- Pedir ayuda profesional si es necesario.


3.2 Apoyo psicológico para intervinientes

El bombero que no ha intervenido da apoyo físico (reponiendo los equipos, cubriendo su salida mientras se ducha o come...) y psicológico (escuchando lo que cuenta de la intervención, comentándole una vez que ha terminado alguna ocasión en la que le pasó parecido, etc.) al bombero que ha intervenido. O, dicho de otra forma, está atento y disponible para lo que su compañero necesite.
Sin embargo, sí hacen falta algunas capacidades en el bombero que ofrece su apoyo para que esta ayuda sea más efectiva:
- Haber vivido situaciones parecidas.
- Haber sentido, reconocido y aceptado esas emociones que pueden aparecer en el interviniente, como tristeza, impotencia, miedo, etc. Sólo así el que ha intervenido se sentirá realmente comprendido.
- Ser capaz de escuchar y empatizar con el que ha intervenido, sin interrumpirle ni darle consejos.
En definitiva, ser capaz de escuchar y ser empático.


3.3 Medidas de autoprotección emocional para socorristas psicológicos

Cuando se está con un superviviente muy afectado emocionalmente, en medio de un incidente crítico, hay que tener en cuenta una serie de indicaciones para que el bombero no sea arrastrado por la emoción o la tensión inherente a la situación, porque si fuera así perdería su operatividad. Son las siguientes:
- Corporalmente, tonicidad muscular, respiración relajada, espalda recta, piernas paralelas a la anchura de los hombros y pies apoyados totalmente en el suelo. Las manos enlazadas detrás del cuerpo dan también una sensación de seguridad y distancia que favorece mantenerse psicológicamente centrado.
- Mirada: Mirar a las cejas o a la frente, no a los ojos (los ojos de las víctimas te “roban el alma”). Así se consigue un mirar frío, desprovisto de emoción. Y la otra persona no se da cuenta de que no se le está mirando a los ojos.
- Lenguaje: Hablar en pasado, no en presente como suelen hacer las víctimas. Se les puede corregir una o dos veces: “te pasó esto…” Hablar en pasado desconecta de la emoción y alivia. Y uno también puede auto-hablarse interiormente, diciéndose cosas como: “así es como tú lo ves”, “así te sientes tú”… o por ejemplo, cuando dice “ha sido terrible…” nosotros nos decimos “…para ti”.
- Aceptación de las propias limitaciones y auto-respeto del estado interno; por ejemplo, cuando uno se siente cansado o vulnerable por cualquier razón. En estos casos no se está en condiciones de ayudar adecuadamente a los demás, y además es más fácil recibir un impacto traumático.

Hay que tener en cuenta otro elemento que puede estar presente en incidentes críticos: el humor negro. Su finalidad es distanciarse del drama que se ha presenciado, o descargarse emocionalmente de la tensión acumulada. Aunque tiene una intención clara de autoprotección, es importante no abusar de él y, por supuesto, nunca hacer uso de él en presencia de los afectados o sus allegados.



4. ANEXOS


4.1 Emociones y su gestión saludable

Un cuento sobre las emociones...

La Tristeza y la Ira.
Había una vez un lago maravilloso de agua cristalina al que se acercaron, para bañarse, la Tristeza y la Ira. Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el lago. La ira, que tenía prisa, como siempre le ocurre, se baño rápidamente, y, más rápidamente aún, salió del agua... Pero la ira es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad... así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que se encontró. Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza... Y así, vestida de tristeza, la ira se fue.
Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa, con pereza y lentamente, salió del lago. En la orilla, se dio cuenta de que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo a la tristeza que no le gusta es quedar al desnudo... Así que se puso la única ropa que había junto al lago: el vestido de la ira.
Cuentan que, desde entonces, la ira viste el disfraz de la tristeza; y la ira, a poco que miramos bien, nos damos cuenta de que por debajo esconde la tristeza.

El mundo emocional es complejo y a la vez simple, y para empezar a hablar de él podríamos decir que todas las emociones son útiles y, por lo tanto, es bueno sentirlas. Que sean agradables o desagradables es otra cosa...
Para empezar, sirven para orientarse en el mundo (de ahí viene ese término, tan popular en la actualidad, de “inteligencia emocional”). Si algo me da miedo, me alejo; si algo me gusta, si algo me da alegría, o si quiero algo, me acerco; siento tristeza cuando pierdo algo, y siento rabia cuando me agreden. Esto suele ser así... o debería ser así. En el mundo animal está más claro todo esto... pero con los humanos suele complicarse: ¿cuántas veces nos alejamos de lo que nos gusta?, ¿cuántas veces nos aguantamos el enfado cuando nos hieren?, ¿cuántas veces huimos de la tristeza escondiéndonos en otras sensaciones? O ¿cuántas veces nos insensibilizamos para no sentir ninguna emoción desagradable?
Es posible que incluso tengamos emociones prohibidas. Por ejemplo, una mujer puede tener prohibido el enfado; un hombre puede tener prohibida la tristeza. O incluso emociones obligadas: “tienes que estar alegre”, etc.
Así, el flujo emocional se ve bloqueado por mandatos, prohibiciones, obligaciones... que hacen que perdamos la frescura, claridad y fuerza. Porque... ¿hemos encontrado alguna vez en la cabeza, en lo mental, la certeza de algo? Eso sólo se produce cuando estamos en disposición de escuchar lo emocional, lo que me gusta, lo que me alegra... También, ¿cuántos peligros o circunstancias perjudiciales para nosotros habríamos evitado si hubiésemos sentido algo de miedo?, o ¿cuántas cosas hubiésemos podido hacer si tuviésemos algo menos de miedo?
Bien conocido es el papel del enfado... muy útil cuando queremos defendernos, o cuando necesitamos energía para luchar por lo que queremos. La asertividad, esa posición firme y a la vez serena mediante la cual pedimos algo, decimos “no”, o ponemos límites al otro, tiene la energía del enfado. Y si, por lo que sea, no nos permitimos enfadarnos, perdemos nuestra fuerza y acabamos siendo manipulados o abusados por otros.
Y de la tristeza, fundamental para poder realizar el duelo y abrirse a la nueva realidad. Y también para poder descansar...
¿Y qué ocurre cuándo no nos permitimos alguna emoción? Que ese caudal energético que proporciona toda emoción se desvía hacia algún otro lugar que no le corresponde, creando depresión (¡que no es tristeza, sino rabia dirigida hacia uno mismo!), obsesiones, compulsiones, hiperactividad... o enfermedades psicosomáticas como el estrés, la ansiedad, o incluso el cáncer.
Alegría, rabia, tristeza, miedo... son emociones que llamamos “básicas”, pues están presentes en cualquier mamífero y en los niños pequeños. Y hay emociones más elaboradas, propias de lo humano, como, por ejemplo: amor, culpa, esperanza, impotencia, desesperación, ilusión, curiosidad, admiración, generosidad, gratitud, etc. Y también, emociones “parásitas”, no genuinas, que se alimentan de las anteriores y de su incapacidad de fluir: ansiedad, angustia, tristeza (cuando parasita la rabia), rabia (cuando parasita la tristeza)...
Son tan importantes las emociones, que el camino hacia la salud psicológica de cualquier individuo (y cualquier grupo) pasa por ser capaz de sentir cualquiera de las emociones auténticas, sentirlas cuando es adecuado sentirlas, y poder elegir cuánto y hasta dónde me dejo sentirlas... porque ¡yo controlo mis emociones, no las emociones me controlan a mí!


4.2 Otros conceptos

4.2.1 Salutogénesis
Contemplar a la persona desde sus recursos y sus capacidades para la salud más que como un enfermo al que hay que curar.



 

4.2.2 Disociación emocional
Capacidad para apartar las emociones, no vivirlas, congelarlas. Para los médicos, para los bomberos durante la intervención, es algo fundamental, pues permite tener la cabeza fría para poder concentrarse en la tarea y no dejarse arrastrar o incluso bloquear por las emociones. Durante el evento traumatogénico es un regalo de la madre naturaleza, pues hace que pierda intensidad, es como hacerlo más pequeño. Sin embargo, cuando éste ya ha pasado, seguir disociado se convierte en un obstáculo para la vida, pues esta insensibilización afecta no solo a las emociones desagradables, si no a todas las demás.

4.2.3 Burn-out
Síndrome que puede afectar a los intervinientes después de una acumulación de eventos traumatogénicos, y/o por frustración de las expectativas laborales, que se compone de los siguientes síntomas: falta de concentración; hiperagitación; irritabilidad; agotamiento emocional y físico, sensación de no poder dar más de sí; aumento de accidentes; depresión; ansiedad; enfermedades psicosomáticas (hipertensión, alergias, úlceras, dermatitis, asma, cefaleas, tensiones musculares…); consumo de tranquilizantes; abuso de alcohol…
Las consecuencias laborales del burn-out son las siguientes: disminución del rendimiento en el trabajo; sensación de desvalorización; absentismo laboral; aumento de accidentes; falta de sentido en las funciones que se realizan; falta de implicación en el trabajo; falta de motivación; actitud hipercrítica hacia todo…

4.2.4 Debriefing
Intervención psicológica en la cual una persona, no necesariamente psicólogo, facilita que el interviniente en un evento traumatogénico exprese todo aquello que necesite: sensaciones, emociones, pensamientos… y le proporciona información y recursos para manejar la situación. El objetivo del debriefing es prevenir la cronificación de las reacciones normales que se dan cuando se vive un hecho traumatogénico, y facilitar la integración de la experiencia. Se puede realizar grupal o individualmente, y se desarrolla en dos sesiones. La primera se realiza de 3 a 7 días después del evento, y la siguiente de 6 a 8 semanas después.
Aunque en un principio era una técnica psicológica dirigida exclusivamente a intervinientes, en la actualidad se ha pasado a emplear con víctimas directas y familiares de éstas.
Debriefing técnico: comentarios técnicos acerca una intervención difícil o compleja que se hace al volver al parque.

4.2.5 Fatiga por compasión
La empatía con las víctimas de un siniestro y sus familiares, cuando se alarga demasiado en el tiempo, puede acabar produciendo en el socorrista psicológico un cuadro de síntomas psicológicos, físicos y fisiológicos similar al que padecen las víctimas a las que se da el apoyo, e incluso, como en éstas, puede acabar desarrollándose un TEPT. Habitualmente sucede en los psicólogos que han estado actuando durante largo tiempo en grandes catástrofes.
 


4.3 Técnicas de relajación

Cuando uno se siente demasiado alterado, se pierde eficacia en la intervención y se incrementa el riesgo:
- Mentalmente, existe dificultad para pensar de forma lógica; dificultades en comprender sencillas instrucciones; incapacidad de decidir, o por el contrario decisiones precipitadas, etc.
- Comportamiento: bloqueo de la acción o, por el contrario, actuación impulsiva; entorpecimiento en los movimientos, etc.
- Estrechamiento del foco de atención, perdiéndose detalles importantes; o por el contrario la atención se hace difusa y poco operativa.
- Alteración emocional, y cambio de foco de lo externo (lo que requiere la intervención) a lo interno (miedo, impotencia, etc.).
- Respiración: excesivo consumo de oxígeno (riesgo de hiperventilación).
- Tensión muscular excesiva, con lo que el cansancio sobreviene antes.
- Etc.

La respiración es una forma rápida y sencilla de lograr un estado de activación pertinente a la situación. Se van a ver dos tipos de respiración: profunda y relajada. Si se practican las dos técnicas de respiración en el mismo momento, empezar por la respiración profunda, y luego seguir con la respiración relajada.


4.3.1 Respiración profunda

Cuando se está muy alterado, la respiración profunda es lo más simple y rápido para bajar el estrés. Consiste en lo siguiente:
- Inspirar lenta y profundamente por la nariz durante unos 5 segundos, llenando la totalidad de los pulmones (se deben mover tórax y abdomen).
- Retener el aire durante otros 5 segundos.
- Espirar lentamente por la nariz o por la boca durante 10 segundos concentrándose en las sensaciones de relajación que se producen en el cuerpo al exhalar. Puede complementarse con las autosugestiones “calma”, “relax”, “tranquilo”… u otra palabra similar. También se puede, en lugar de una palabra, visualizar cómo la tensión se aleja con cada espiración, como burbujas de aire que se van alejando, o cualquier otra visión que simbolice para uno un estado de tranquilidad y bienestar.
- Repetir la secuencia unas 5 veces.
Después de las respiraciones profundas, seguir respirando lenta, regular y naturalmente, empleando sobretodo la respiración abdominal, sin realizar ningún esfuerzo.

 




4.3.2 Respiración relajada

La técnica de la respiración relajada va encaminada a conseguir una respiración lenta y regular, lo cual facilita la consecución de un efecto relajante. Es un método muy eficaz para afrontar la ansiedad y reducir la actividad fisiológica. Su aprendizaje consta de una serie de pasos:
- Elegir un lugar tranquilo para practicar, asegurándose de no ser molestado.
- Posición: tumbado o sentado y con los ojos cerrados.
- Ponerse cómodo, aflojar la ropa si produce incomodidad. Colocar una mano sobre el pecho y otra sobre el abdomen.
- Concentrarse unos minutos en la respiración, poniendo atención a qué mano sube y qué mano baja con cada respiración.
- Inspirar por la nariz durante 2-3 segundos utilizando el diafragma. El abdomen y la mano que está sobre él se elevarán. No levantar los hombros; el pecho casi no se mueve.
- Hacer una breve pausa después de inspirar.
- Espirar lentamente por la nariz o por la boca durante aproximadamente el doble de tiempo que el que se estuvo inspirando; es decir, durante 4-6 segundos. El abdomen volverá a su posición original.
- Hacer una breve pausa después de espirar.
- Repetir la secuencia “inspiración – pausa – espiración lenta – pausa” durante unos minutos.
- Poner atención en las sensaciones de relajación, de pesadez, o de calor que se producen en el cuerpo; y/o repetir mentalmente la palabra “calma”, “relax”, “tranquilo” o una similar. Como alternativa, se puede imaginar también que la tensión se escapa con el aire espirado. O construir mentalmente un lugar seguro en el que nos veamos relajados y en paz, y mantener esa imagen mientras respiramos.

Una vez que se domina la técnica tumbado, sentado y de pie en situaciones de tranquilidad, pasar a practicar en otro tipo de situaciones no tan tranquilas (con ruido, etc.). Finalmente, practicar en aquellas situaciones en que se experimenta tensión física o emocional, con el fin de reducirla. Es mejor comenzar por aquellas situaciones que alteran menos, y conforme se va adquiriendo mayor destreza en la aplicación de la técnica, pasar a situaciones cada vez más estresantes.


4.4 Bibliografía


Boadella, David (1993). Corrientes de vida. Paidós. Buenos Aires.
Bucay, Jorge (2003). Cuentos para pensar. RBA Libros. Barcelona.
Davis, M., McKay, M. y Eshelman, E.R. (1985). Técnicas de autocontrol emocional. Ediciones Martínez Roca. Barcelona.
Frankl, Viktor E. (1979). El hombre en busca de sentido. Editorial Herder. Barcelona.
Gimeno-Bayón, Ana. Comprendiendo cómo somos. Dimensiones de la personalidad. Desclée de Brouwer. Bilbao.
Grof, Stanislav (2002). La psicología del futuro. La Liebre de Marzo. Barcelona.
Keleman, Stanley (2003). Anatomía emocional. Desclée de Brouwer. Bilbao.
Kubler-Ross, Elisabeth (2006). La rueda de la vida. Ediciones Zeta Bolsillo.
Mambretti, G. y Séraphin, J. (2009). La medicina patas arriba. ¿Y si Hamer tuviera razón? Ediciones Obelisco. Barcelona.
Perren-Klingler, G. (2003). Debriefing. Modelos y aplicaciones. Institut Psychotrauma (Suiza).
Siems, Martin (2002). Tu cuerpo sabe la respuesta. Mensajero. Bilbao.
 



Autor: ALBERT MOLINA COMPTE. Psicólogo y psicoterapeuta. Director del Espacio de salud y desarrollo personal Encuerpoyalma (Vitoria). Cabo del Servicio de Prevención, Extinción de Incendios y Salvamento del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz (en excedencia desde 2010).

 

 

 

QUIÉNES SOMOS  PSICOTERAPIA  |  ARTETERAPIA  TRATAMIENTOS CORPORALES  |  OTRAS ACTIVIDADES |  TEXTOS  |  ENLACES  |  DÓNDE ESTAMOS